22.10.13

Mármol

Es el tercer domingo del décimo mes. Hay un incesante número de ciclistas, de gente que corre, que trota, de paseantes sin destino; gente que va a los brazos de alguien, que va tras de su perro, quien abraza la libertad de sentir como el aire le despeina el pelo; gente que ríe porque así son los domingos, que ríe porque algo inesperado le ha roto la rutina, que sonríe porque hay a quien llevar de la mano; el sol recorre las aceras, las nubes recorren el cielo, raptan la luz, y la calle se vuelve un lugar sereno sin paragón. Hay colores por doquier, en serpentinas y globos, la ropa de todos, las correas de los perros, los autos que cruzan lento, el sol y la sombra persiguiéndose por doquier, los helados haciéndose agua, haciéndose leche. Yo veo todo esto, mas no lo siento. La secuencia de notas de algún compositor ruso y la secuencia de palabras de algún autor francés están estacionadas en mis sentidos, reclamando mi atención, mi asombro, mi entusiasmo, y mi congoja. Pero no los atiendo, no en un día como hoy. Porque la soledad me ha atado a esta banca, y lo único que atiendo es el frío que me eriza el vello y el pelo. Me he hecho viejo. Alguien alguna vez me preguntó si yo le habría agradado cuando yo era más joven. Lo dudo, le contesté, era demasiado taciturno, y rara vez parecía que algo me importaba. Pensé en aquel momento que entonces parecía ser un ser más afable al trato, menos torpe socialmente hablando, y un poco más atento a las necedidades de los demás. Sin embargo, también que me había tomado demasiado llegar a ese punto, que había tardado tanto en caer en eso de querer ser mejor persona, como si fuese una meta inalcanzable los primeros, muchos de los primeros años de mi vida. Ignoro si acaso soy una mejor persona. Me he hecho viejo, y si bien creo haber hecho lo correcto, ahora no parece importar. Ah, eres un cascarrabias, me dicen. La gente no cambia, me dijeron algún día. Me he hecho viejo, ya no soy aquel que atraía a la gente con una sarta de sandeces, burlándose de todo lo que se atravezase por la mente, haciendo reír a quien fuera, irreverencia por todo lo alto. Ahora me siento a platicar de forma normal, pocas veces ya con extraños, o me siento y guardo silencio mientras escucho a los demás. No es que no tenga qué decir, pero he hablado tanto ya que escuchar parece una mejor idea. Tal vez tenga que ver con que en esos ratos en los que estoy solo, busco una banca cómoda y me siento a leer. Leer es en cierta forma escuchar. Hoy no lo hago. Atado a esta banca como estoy, con el frío atándose a mí, mis piernas y brazos descubiertos y erizados, la sordera me inunda y no me muevo. El viento sopla fuerte, las hojas crujen, la gente comienza a caminar rápido porque se viene la lluvia. Me levanto con trabajo porque no me quiero mover. Comienzo a andar trabajosamente porque quisiera quedarme sentado en este pedazo de mármol. El día está a punto de terminar, yo sólo pienso en el dolor de mis pies después de andar tanto. Sonrío, pero no de felicidad.

1 comentario:

Diego A. HeRo dijo...

Ese sentimiento muchas veces engaña, sin embargo, quien gusta y abusa del cinismo por un tiempo largo tarde o temprano se enfrenta a que dicho cinismo no es mas que otra forma de callar al intelecto; pues el sarcasmo es el humor del intelectual que no quiere saber más del mundo pues sabe en demasía que éste está profundamente enfermo, y nadie que se percate puede hacer caso omiso. Las tripas y los sesos se retuercen queriendo huir, pero en cambio, traen esa sensación de desasosiego, desesperanza y desconexión con el mundo.